
Una contradicción insostenible
España se declara defensora de los derechos humanos mientras tolera uno de los mayores mercados de esclavitud moderna de Europa. La prostitución actual no solo es explotación sexual, es también una forma contemporánea de esclavitud que afecta a millones de mujeres, niñas y niños en todo el mundo, sostenida por la pobreza, la violencia y una demanda masculina global que compra cuerpos como mercancía.
La prostitución no es un fenómeno marginal ni una “opción laboral”. Es una industria basada en la desigualdad estructural y la cosificación humana, y España se ha convertido en uno de sus principales epicentros.
Cifras que no pueden ignorarse
Según datos del Ministerio de Igualdad, al menos 114.576 mujeres se encuentran en situación de prostitución en España, muchas de ellas en contextos de extrema vulnerabilidad. Nuestro país figura de forma reiterada
como uno de los mayores consumidores de prostitución en Europa y a nivel mundial.
En España, la prostitución se contabiliza explícitamente en el PIB desde 2014. El propio INE estima que representa alrededor del 0,35% del PIB, lo que se traduce en unos 4.200 millones de euros anuales (dato aproximado en torno a 2021). Bajo el eufemismo contable de “servicios personales”, esta actividad se incorpora a las cuentas nacionales mientras, de manera profundamente hipócrita, no se reconoce jurídicamente como trabajo ni cuenta con regulación laboral alguna. Esta maniobra estadística no limpia su violencia ni su injusticia: lo que hace es dejar al descubierto que la economía española se beneficia, aunque sea indirectamente, de la explotación sexual de miles de mujeres.
Esta realidad expone una contradicción estructural intolerable. El Estado puede proclamarse abolicionista, anunciar restricciones a la pornografía o adoptar discursos de protección de las mujeres, mientras al mismo tiempo engorda el PIB sumando los ingresos procedentes de la prostitución y los contenidos pornográficos. Así, se maquillan indicadores macroeconómicos como la deuda/PIB o el déficit/PIB a costa del sufrimiento humano, convirtiendo la violencia sexual en un activo económico más.
Donde hay demanda, hay trata
Donde existe una demanda masiva de sexo de pago, existe trata. En 2024, la policía española liberó a 1.794 víctimas de redes de trata y explotación sexual, incluidas 32 menores de edad. Estas cifras representan solo una fracción de una realidad mucho más amplia, invisible y normalizada.
El mito del consentimiento
La idea de que la prostitución se basa en el “consentimiento” es una ficción jurídica. El consentimiento obtenido bajo pobreza, migración forzada, deudas, violencia o amenazas no es libertad, es coacción estructural.
Amelia Tiganus, superviviente de prostitución y activista abolicionista, lo explica claramente: “Yo no elegí ser prostituida. Elegí sobrevivir en un mundo que me había dejado sin alternativas.” “La prostitución no es sexo, es poder: el poder de quien paga sobre quien no puede decir que no.”
Pornografía y violencia normalizada
La prostitución está estrechamente ligada a la industria pornográfica, una de las más poderosas del mundo digital. La pornografía actúa como escuela de violencia normalizada, crisol de deseos deshumanizados, fábrica de machismo, sumisión y control: millones de niños y adolescentes acceden a contenidos donde las mujeres aparecen como objetos disponibles, humilladas y sin límites. Este imaginario forma a los futuros compradores de prostitución.
Con la irrupción de la inteligencia artificial, esta esclavitud se ha vuelto aún más sofisticada. Los deepfakes sexuales, la pornografía hiperrealista y la creación de cuerpos femeninos completos —incluidos cuerpos de niñas— para consumo sexual masivo están generando un mercado infinito que entrena el deseo real para la dominación y la explotación. Aunque las imágenes sean artificiales, el deseo que moldean es real y se descarga sobre mujeres reales. La IA no reduce la violencia: la normaliza, la automatiza y la expande.
Servidumbre al sistema neocapitalista
La prostitución y la pornografía no solo reproducen violencia sexual: son engranajes del sistema económico neocapitalista, que transforma el sufrimiento humano en valor económico. Se anestesia la empatía social, se cosifica el cuerpo y se normaliza la violencia, al tiempo que se integra esa violencia en las cuentas nacionales y se construye una sociedad más sumisa.
En palabras de Aldous Huxley: “Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería en esencia una prisión sin muros, donde los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería un sistema de esclavitud en el que, gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre.” Y nosotros añadimos: en ese mundo, además, serían insensibles a las verdaderas víctimas de su propia vida deshumanizada.
Más del 71% de los jóvenes no identifican la venta de contenido sexual en Internet como explotación, El 14 % conoce a alguien que ha vendido contenido sexual online y más de un tercio refieren haberse encontrado durante su infancia con publicaciones en redes sociales que ofrecían oportunidades para ganar dinero vendiendo contenido íntimo según un estudio de Save the Children. Plataformas de “sugar dating” y sitios de contenido con suscripción (como OnlyFans) son identificadas por cuerpos policiales como una puerta de entrada hacia la prostitución y la explotación sexual. El 42 % de los menores ha visto vídeos sobre cómo ganar dinero vendiendo contenido sexual.
Este diagnóstico resuena hoy: un sistema que contabiliza como riqueza la explotación de cuerpos contribuye a que la sociedad acepte pasivamente la violencia estructural y pierda sensibilidad hacia las víctimas.
España, epicentro de un sistema permisivo
España presenta condiciones que facilitan este sistema: alta demanda, impunidad del cliente, macroburdeles, pisos clandestinos y una cultura pornificada que erotiza la desigualdad y la violencia. Los proxenetas hacen negocio; las mujeres y las niñas pagan con su cuerpo, su salud mental y su vida.
Además, la oficialización de la prostitución como “actividad económica” transmite a futuras generaciones que prostituirse es legítimo, que comprar cuerpos es un acto económico válido y que el deseo masculino tiene rango de derecho —una regresión simbólica profunda.
El hecho de que la prostitución genere miles de millones de euros al año y se contabilice en el PIB añade otra dimensión: la economía del Estado se beneficia indirectamente de la explotación sexual, mientras la sociedad paga los costes sociales, de salud y de violencia.
El ejemplo europeo
Otros países europeos han tomado otro camino. Suecia, Noruega, Islandia, Francia e Irlanda han adoptado el modelo abolicionista, que:
- No criminaliza a las mujeres prostituidas.
- Penaliza al comprador y al proxeneta.
- Ofrece salidas reales a las víctimas.
Estos países han logrado reducciones significativas en la prostitución callejera y han fortalecido la protección de las víctimas, demostrando que no se puede combatir la esclavitud sexual permitiendo comprar sexo.
La lucha de la sociedad civil
En España, la Asociación Iqbal Masih contra la Esclavitud (AIMCE) impulsa la Campaña contra la Trata y por la Abolición de la Prostitución, que exige una legislación basada en los derechos humanos. AIMCE ha lanzado una petición pública reclamando que España abola la prostitución, combata eficazmente la trata y garantice protección y alternativas reales a las víctimas.
También han producido un vídeo de denuncia que pone rostro y voz a esta realidad. Más de 20 organizaciones comprometidas con la defensa de los derechos humanos han asumido su difusión, entre ellas EMARGI (Proyecto Social por un mundo libre de violencia sexual), fundado por Amelia Tiganus, superviviente de la prostitución, cuya experiencia inspira este video.
No es una elección individual
La prostitución no es una cuestión privada ni una “opción individual”. Es una estructura global de esclavitud moderna que afecta a toda la sociedad, especialmente a niñas y jóvenes educados en una cultura hipersexualizada que les enseña a consumir cuerpos y normalizar la dominación.
España debe decidir si quiere seguir siendo el burdel de Europa o situarse del lado de la dignidad humana.
No hay feminismo, no hay democracia y no hay derechos humanos posibles mientras los cuerpos de mujeres y niñas sigan siendo comprados y vendidos.
La abolición no puede esperar.
Terminamos con un pensamiento y unas palabras de apoyo de Amelia Tiganus:
“Un mundo sin prostitución es un mundo donde los cuidados, el ser, el deseo mutuo, el placer compartido, el buen trato y la igualdad de oportunidades, ocupan el centro de la vida y la hacen girar de una manera más humana y respetuosa.”

